La hegemonía es la capacidad de un Estado de controlar la política internacional a través de su poder económico, militar y normativo sin utilizar la fuerza. En griego significa “liderazgo”, de manera que el “hegemón” es el Estado líder del orden internacional. Esa supremacía la determina el tamaño de su economía y de su ejército, aunque también influye la capacidad para promover sus valores, ideología y cultura por el mundo. La principal herramienta de un Estado para convertirse en hegemón es crear un orden afín a sus intereses, es decir, un conjunto de reglas e instituciones que los protejan y promuevan. El objetivo es influir en las decisiones y políticas de los países sin usar la fuerza.
Estados Unidos tiene la hegemonía en el orden internacional actual. Tiene la economía más grande y el ejército más poderoso, y su cultura e ideología liberal se han extendido por todo el mundo gracias a la globalización. Pero no siempre fue así, y tampoco está claro que lo vaya a seguir siendo: el Reino Unido fue el país dominante desde el siglo XVIII hasta el XX, y ahora China pretende convertirse en el nuevo hegemón mundial.
La hegemonía, en teoría para la paz
El primero en estudiar a fondo el concepto de hegemonía fue el filósofo marxista italiano Antonio Gramsci, que a principios del siglo XX quiso entender por qué el capitalismo se había consolidado en los países occidentales más desarrollados. Pero la idea en política internacional no se empezó a utilizar hasta los años setenta, cuando el economista estadounidense Charles P. Kindleberger acuñó la teoría de la estabilidad hegemónica. A Kindleberger le preocupaba que la economía global no sobreviviese a la crisis del petróleo de 1973 y concluyó que el orden económico internacional necesitaba un hegemón para existir.
Según la teoría de la estabilidad hegemónica, el Estado dominante debe crear un orden económico afín a sus intereses y protegerlo con su poder militar. Este dominio pacifica las relaciones internacionales, ya que el país que ostenta la hegemonía fomenta la cooperación entre países y les aporta seguridad. Estados Unidos lleva haciéndolo desde 1945: al acabar la Segunda Guerra Mundial, Washington diseñó el sistema financiero global y tejió una red de alianzas militares por el mundo que le garantizan la primacía del dólar y la superioridad militar. Esto ha permitido a Estados Unidos imponer su modelo político-económico basado en el libre mercado y crear el orden liberal internacional actual, aunque el reciente ascenso de China amenaza con transformarlo.
Estados Unidos en declive, China en ascenso
Estados Unidos es el líder global indiscutible desde 1991, cuando se disolvió la rival Unión Soviética, pero el ascenso de China, la política proteccionista del expresidente Donald Trump y la pandemia de la covid-19 han cuestionado esa hegemonía. Académicos, políticos y economistas creen que Estados Unidos está perdiendo poder, algunos incluso remontándose a la crisis financiera de 2008. La economía y el gasto militar chinos no paran de crecer, Pekín crea instituciones alternativas a las occidentales y se alía con países que critican el orden liberal, como Rusia.
Los cuatro años de gobierno de Trump también han provocado incumplimientos, bloqueos y retiradas de acuerdos e instituciones internacionales como el Acuerdo de París, el TPP, la OMC, la OMS o la Unesco, y acercamientos a países contrarios al orden liberal, como Corea del Norte y Rusia. Esta imagen de debilitamiento e incoherencia se ha reforzado tras la pandemia, pues Estados Unidos no mostró fortaleza ni lideró una respuesta global, aun con la estrategia del presidente Joe Biden de reforzar el multilateralismo.
Por todo ello se cuestiona la hegemonía estadounidense y se habla incluso de un nuevo orden internacional chino y del siglo asiático, pero Estados Unidos sigue siendo el único país con la capacidad y voluntad de ser hegemón. En cualquier caso, el orden global está cambiando y no será ya unipolar sino bipolar, con Washington y Pekín a la cabeza, o incluso multipolar, con el ascenso de potencias como India o Rusia. Algunos incluso apuntan a un mundo de clubes globales, donde la hegemonía no la tiene un país, sino diferentes grupos de Estados que comparten unas reglas.





